Pocas personas hay en el surf nacional tan míticas como Leo García.

Un excelente surfista que estando en constante crecimiento dentro del deporte, un día, decidió, alejarse del mar. Pero por suerte no del deporte. En las factorías de Camaronbrujo, Leo, vuelca su otra pasión, sobre esa ola virgen e inexplorada para él que es un foam blanco. Es que este gran surfista pone el alma en cada trazo que realiza, en cada matiz de color que obtiene, en cada forma. Para Leo, pintar es, hasta nuevo anuncio, volver a surfear. Conozcámoslo, vale la pena.

La vida puede sorprendernos cuando menos lo esperamos. Quizás el camino que muchos buscamos incansablemente se encuentre abriendo esa puerta por la que pasamos todos los días sin darle siquiera importancia. Una casualidad hizo que Leo García conociera a su gran amor, diera un paso que cambiaría para siempre su vida, y la de muchos otros. De muy chico, en una ciudad con más frío que calor, abrazó el surf para siempre.

¿Cómo fue que empezaste con el surf? Fue por casualidad, como era común en esa época, porque imaginate que el surf era para muy pocos. Hace mucho, cuando yo era muy niño (tendría 10 u 11 años) lo acompaño a mi viejo a ver a un hombre que le debía una plata, y este señor trabajaba en la confitería de Waikiki. Y dentro del lugar donde nos encontramos tenía una tabla de surf y me la quedé mirando, como congelado. Tal habrá sido mi encantamiento que mi viejo me pregunta si la quería, y ahí nomás nos la llevamos en parte de la deuda. “como un artista pinta su cuadro, yo dibujaba la ola como lo sentía. fui como presintiendo el momento de surf que venía.

¿Qué tabla era, te acordás? Si, claro. Era una tabla 6 ́5” o 6 ́6”, no más, de una quilla, shapeada por Ángel Antífora. Una tabla con mucha banana y cola round pin, pero un round pin grueso, que parecía una pelota. De hecho un día me caigo en una ola y, como usábamos las pitas hechas sólo con goma látex, la pita se estiró y la tabla vino como un misil hacia mi cara. Cada vez que me levanto, veo esa marca en mi párpado caído. La verdad, una cicatriz feliz.
Amigos, comparado con el presente en materia de surf, aquello era la prehistoria. Surfeaban con pitas improvisadas, las tablas eran mucho más pesadas que ahora, los trajes un chiste y no había prácticamente información sobre lo que pasaba afuera. No había nada, todo era de boca en boca, y por los viajes que alguno hacia. Y así íbamos subiendo la escalera del surfing. Nunca me voy a olvidar de lo que significó ver Zephir para mi. Fue lo más. Era como querer estar en el cielo y de repente, que te lo muestren. Y lo que veíamos en cada escena, lo intentaba llevar después al agua. Fue increíble. Y los chicos, te veían hacer alguna maniobra desconocida y te preguntaban cómo era, cómo se hacía… éramos pocos los que teníamos acceso a esas películas que se contaban con los dedos de las manos.

El estilo de Leo García marcó un quiebre en el surf nacional. Su forma de moverse en la ola y de ejecutar las maniobras era totalmente diferente a lo que se veía por estos lados en esa época.
Quizás Leo, pueda darnos alguna pista del origen de ello: “No había referentes. Creo que al estar tan adentro del deporte, tan empapado de él, empecé a crear eso, que fue de alguna manera mi creación, mi obra. Como un artista pinta su cuadro, yo dibujaba la ola como lo sentía. Fui como presintiendo el momento de surf que venía. Honestamente fue así, porque no se corría con maniobras tan cortas, volviendo a la espuma…Antes los campeonatos los ganaba quien surfeaba la ola más grande, y yo tenía otra mentalidad. Me sentía un atleta. Antes era más escapar de la ola, que fluir con ella. Aquí nadie buscaba el tubo, se entubaban cuando no quedaba otra para pasar la sección. Yo frenaba la tabla en la ola y lo buscaba. Cuanto más tiempo pudiera estar dentro del tubo para mí era mejor. Tubear antes acá no era considerado una maniobra.
Treinta años sin dejarse de meter recalca Leo mirando el mar. Y nos cuenta que era eso, o un psicólogo. Que pese a ser un hombre calmo y pacífico, dentro suyo tiene una agresividad muy grande que tiene que canalizar haciendo algo. Y sus encuentros con el océano, funcionaban como un bálsamo. “Por mi temperamento, necesitaba canalizar sentimientos que tenía hacia lo que veía. La injusticia en el mundo, todo lo que venía viendo cuando crecía que me daba bronca de la humanidad, eran sentimientos muy fuertes que eran sosegados cuando entraba al mar. Mi tabla era mi espada, yo a mi modo, luchaba con mi tabla”. Leo desglosa y recuerda cada día con la meticulosidad de un relojero. Instantes, climas, entornos, aparecen en la charla y nos llevan a los orígenes del surf. Me he encontrado con pocas personas que aman tanto al surf como Leo García. Pero Leo, hoy no está en el mar, desde hace varios años se ha alejado de las olas, sin que su pasión baje un centímetro (¿se mide en centímetros?).

¿Por qué dejaste de surfear? “Yo me sentía como anestesiado, por hacer algo tanto, por ser eso lo único en tu vida. En un momento sentí que tenía que ver la película desde afuera. Yo era como el actor. Estaba tan metido con las tablas, con las maniobras, con las olas, que no podía disfrutar también otras cosas. Y tampoco el surfear, con aquella intensidad de otros años. Y la vida pasaba y mis amigos comenzaban otras historias, y yo seguía en la misma… Pero evidentemente no necesitabas nada más… Es que estaba tan bien en mi mundo, que el otro, pasaba a mi lado. El surf es una de las cosas más hermosas de mi vida. Era niño, en el sentido de que sentía al surf con la intensidad y la inocencia que tiene sólo el amor de los niños. Vos, el mar, la tabla, algo tan hermoso…Acá no había que transar. El mar me daba todo: salud, paz, felicidad… Cosas tan puras y esenciales. Y yo sentía que mi misión en la vida en ese momento era ser surfista. Abrir un camino en el deporte. Y el otro, quien esté a tu lado, tenía que entender que tenía que irme al agua, porque no quedaba otra. Y en ese momento, sea una mujer o tus viejos, era muy difícil quen lo entiendan. Si hoy tuviera un hijo, y pese a estar en una época mucho menos prejuiciosa, y lo viera todo el tiempo en el agua, intentaría hacerle entender que así no llegaría a nada, a pesar de que hoy se puede vivir del surf. Pero en esa época era ser doctor, arquitecto o ingeniero. ¿Surfer? Olvidate, para un padre de esa época, era ir a boludear. Era una pelea constante contra el entorno. Tenías que luchar contra todos. Contra tu familia, con la policía que atentaba contra tus anhelos de libertad. El surfer es un tipo muy libre, es un rockero del mar: usábamos el pelo largo y no cuadrábamos con las regla de aquellos tiempos, y sufrimos muchísimo. Yo era el loco que hacía surf, casi un delincuente. En el colegio tenía que aguantar todo tipo de agresividades. Y cuando uno sale del mar está muy sensible. Porque la Tierra te prepara para bancarte todo eso, pero el mar te deja tan sensible que esas cosas te duelen tres veces más. Pero también tenés esa fuerza del mar que te hace volver y soportar a quien te agrede, sin siquiera responderle.

En la escuela, en los márgenes de las pruebas, dibujaba olas y momentos del surf. Y me comía amonestaciones. Y mi faceta artística la volcaba con total ingenuidad… Bocetos, lápices y colores. El arte irrumpe en la charla, como buscando un lugar, un lugar de importancia que tuvo y tiene en la vida de este surfer.

¿Cómo florece en vos lo artístico? Era y es una forma de plasmar mis sueños. Yo iba a mirar el mar y retrataba esos instantes. O veía alguien surfear y dibujaba esos momentos. No sé iba a La Popular y lo veía al Tano Antífora surfear y volvía a mi casa y lo plasmaba en el papel. Yo en ese momento era El Tano. Era el actor de esa película que soñaba. Pintando o dibujando plantaba de alguna manera la semilla de lo que quería ser o hacer. ¿Y hoy estando fuera del mar cómo te sentís? Yo me siento muy bien. Yo entro mañana en el mar y no pasó nada. Es como si me hubiera metido ayer. Sigo totalmente conectado con el mar, con el surf y mi amor por todo eso no disminuyó en lo más mínimo. Al contrario, descansé. Muchos me critican porque no corro más, como que no quiero más al deporte. Y no es así. Desde los 11 años, no hubo un día que no tuve una tabla en mi mano. Un día. Porque el día que dejé de correr, seguía trabajando con las tablas. Recién, hasta hace 1 hora, estuve con una tabla en la mano. Y mucho se lo debo también, al arte. Hay una ligazón muy grande entre la tabla de surf y el arte. De hecho, cómo nace una tabla, la forma en que lo hace, es algo muy artístico. Para mí una tabla es una obra de arte desde el comienzo. Una tabla de surf en el sentido tradicional es algo único, te diría que irrepetible, como un cuadro o una escultura. Siempre me gustó el arte de la tabla. Para mi es todo. Para un artista, y para alguien que le gustó tanto el mar, surf y tabla son una misma cosa. Es el ying y el yang. Es la parte material de algo tan espiritual y profundo como surfear. Una tabla tiene formas femeninas, y yo la comparo con una mujer. Y el surf como deporte, tiene esa sana ambigüedad. Porque el surfer no es un boxeador, no es pura testosterona. El surfer que corre bien, es el que tiene el ying y yang bien, es el que goza de un equilibrio entre su parte masculina y femenina. El surfista tiene que tener plasticidad, debe poseer en su interior tiempo para frenar, para esperar, o sea una parte femenina, pero también momentos donde meter, para clavar la lanza, para atacar. El surfer para mi es como un bailarín. Es más maña que fuerza. Por lo general, un rugbier no puede ser un buen surfista. Yo vine a este mundo a hacer algo con las tablas. No sé a qué, o lo dirá el tiempo, pero algo con ellas seguro. Pero también me provocaba hace un tiempo una enorme contradicción.

¿Por qué? Porque me gustaba mucho estar haciendo las tablas, pintándolas, puliéndolas, lijándolas o arreglándolas, o pintar cuadros o ropa, recuerdo que me gustaba mucho hacer eso, y el mar me sacaba de eso. No podía tampoco dejar de meterme al mar. O sea, primero tenía que meterme al mar, de otra manera no podía trabajar con una tabla. Y hoy gracia a Dios, me liberé de esa adicción que no me dejaba disfrutar lo artesanal de la tabla, una actividad que le tenés que dedicar, el 100% de tu atención. Para mi una tabla exige mucho respeto, tanto como estar corriéndolas.

Y la charla sigue por un tiempo que pasa como arena en los dedos. Y en un momento Leo a pedido nuestro nos hace un regalo. Nos muestra su quiver, que es un fiel espejo de lo que es él. Una treintena de obras de arte, cada una diferente y única, y pensadas con la sabiduría de un maestro para condiciones particulares. Nos quedamos admirándolas en silencio. Y ese vacío, llenado con el murmullo del mar del sur, que mañana dará buenas olas, nos hace anhelar que dentro de poco, en algún lugar, una mañana de poca gente alguien nos grite una ola, y que cuando miremos hacia nuestra izquierda, sea de nuevo, Leo García.